JUAN CARLOS D´ANDRETA
Tú, Niño, mi Señor, sabes de sobra
que no puedo ser parte de tu iglesia
si no intento volverla a sus raíces
cuando era su rostro la pobreza.
Y estamos tan alejados de este rostro,
maquillado de fastos y riquezas,
que provoca rechazo contemplado
y el pobre se refugia en su ancha pena.
Si Tú, Señor, nos das desde la cuna
hasta la cruz que recibió tus huesos
todo un compendio de abnegada entrega,
toda una vida de renunciamientos,
y además un surtido de tesoros
encontrados en campo, mar y cielo
que,dejando otros bienes y otros oros,
pueden en amplitud pertenecernos...
¿Por qué nos empeñamos en lo vano:
el oropel,la pompa y el boato
si todo esto es barro que se pudre
y el tesoro mayor está en amarnos?
¿en suprimir fronteras que separan
las diferencias que nos discriminan,
abuso de poder de los que mandan
y sumisión de los que se arrodillan?
Con la terca humildad del que se sabe
tan mínimo a pesar de ser Pontífice,
yo te imploro Señor por esta iglesia
que, fundada en la roca, bendijiste
Que esparciendo a los vientos tu semilla
y predicando a todos tu palabra
se encarne en el ejemplo de tu vida
por darnos salvación, arrebatada.
Y que los invitados a esta fiesta
sean los de amor desposeídos
para que recuperen la esperanza
y a su vida le encuentren el sentido.
Por todo esto , y por tu Iglesia fiel
te entrego, Niño, que sin pompas vienes
esta regia corona:¡cámbiala!
¡Pon la tuya de espinas en mi sienes!
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